La confianza necesita a alguien que responda
Una marca puede generar en segundos el rostro de un cliente satisfecho, la voz de un experto y una historia conmovedora. Puede hacerlo sin que ese cliente exista, ese experto haya hablado o esa historia haya ocurrido. La pregunta para quienes trabajamos en comunicación es qué razones tendrá una persona para seguir creyendo cuando la apariencia de verdad pueda fabricarse a voluntad.
A mi juicio, la proliferación de contenido generado por inteligencia artificial vuelve más importante una función histórica de las marcas: ofrecer una garantía sobre aquello que no podemos comprobar personalmente. Elegimos porque esperamos cierta calidad, reconocemos una trayectoria y suponemos que alguien responderá si la promesa falla. Cuando esa garantía se debilita, también pierde sentido la marca.
La academia ofrece una distinción útil. Mayer, Davis y Schoorman plantearon que la confianza se apoya en la percepción de capacidad, benevolencia e integridad. En términos simples es entender que el otro sabe hacer lo que promete, considera nuestros intereses y actúa conforme a principios que podemos aceptar. Aunque nació para explicar relaciones organizacionales, este marco permite pensar el desafío de las marcas: una comunicación técnicamente impecable puede demostrar capacidad y, al mismo tiempo, despertar dudas sobre sus intenciones.
Imaginemos una campaña con testimonios de consumidores que nunca existieron. El problema excede el origen artificial de sus imágenes. La marca presenta como experiencia lo que fue una instrucción de producción y utiliza esa supuesta experiencia para influir en una decisión. La diferencia es sustantiva. Mientras una ilustración puede ser imaginaria, un testimonio compromete una afirmación sobre la realidad.
Me da la impresión de que distinguir entre contenido humano y generado resulta insuficiente. Una persona puede mentir y una pieza asistida por IA puede comunicar información verdadera y verificada. Quizás el criterio central debería trasladarse a un debate distinto y centrarse en la relación entre lo que se muestra, lo que se afirma y lo que la organización está en condiciones de respaldar. Allí la coherencia adquiere un valor concreto, justamente en lo que se puede acceder y permite contrastar el relato con la conducta.
Para marcas y medios, esto exige decisiones editoriales. Informar el uso de IA cuando conocerlo cambia la interpretación del mensaje; comprobar las afirmaciones antes de publicarlas; evitar que una recreación pase por evidencia; y establecer quién responde cuando algo falla. Una etiqueta de transparencia ayuda, pero no reemplaza el juicio profesional ni la obligación de corregir. La responsabilidad sigue siendo de quien publica, aunque la producción haya sido automatizada.
Veo aquí una oportunidad para las marcas que han construido relaciones consistentes. En un entorno donde cualquier actor puede producir mensajes convincentes, una trayectoria verificable puede convertirse en una diferencia valiosa. La experiencia de compra, la respuesta ante un reclamo y el cumplimiento de una promesa darán razones para creer que ninguna imagen, por perfecta que parezca, puede aportar por sí sola.
La IA obliga a revisar cómo producimos contenido y qué estamos dispuestos a presentar como verdadero. Mi convicción es que la confianza dependerá cada vez más de esa segunda decisión. Una marca merece ser creída cuando está dispuesta a hacerse responsable de lo que nos pide creer.